Montserrat Lapastora , psicóloga clínica, con gran experiencia en el campo de la adopción, refirió la importancia de las experiencias tempranas en el neurodesarrollo infantil. Durante el primer año de vida, se producen alrededor de 4,5 millones de conexiones nerviosas por minuto y una situación de estrés, que puede ser causada por cualquier necesidad básica no cubierta, produce síntesis de cortisol. Si esta situación de estrés se mantiene, la cantidad de cortisol llega a niveles tóxicos y el cerebro permanece en modo emergencia de forma constante. Esta situación es incompatible con el aprendizaje, sólo hay supervivencia. El niño parece hiperactivo, pero no siempre lo es, sino que está hiperactivado.
Esta experiencia genera un trauma que, como aún no se ha desarrollado el sistema cognitivo, se vive solo a nivel emocional y queda grabado en la memoria implícita, sensorial y no accesible a la consciencia. Pero que se activa ante ciertos estímulos, generando reacciones de miedo, tristeza o agresividad, difíciles de controlar. También se producen cambios estructurales en el cerebro, que generan dificultades en atención, orientación espacial o fijación en la memoria.
Esto suele darse en niños que han sufrido algún tipo de abandono en la primera infancia, como los que han sido dados en adopción, han pasado tiempo en incubadora o en guarderías de forma prematura, o quienes han sufrido negligencia o violencia por parte de sus cuidadores.
De ahí la importancia de las figuras parentales, para generar un apego seguro y que aprendan a autorregular sus emociones. Sin ello, pueden llegar a sufrir una pérdida significativa de la capacidad para establecer relaciones íntimas en la vida adulta. “Para que aprendamos a querer, nos tienen que haber querido”.
Pero no todo está perdido, se puede mejorar esta situación, mediante terapias adecuadas, en cualquier etapa evolutiva, dada la plasticidad del sistema nervioso. En su libro “Adopción, trauma y juego”, las autoras Montse Lapastora y Noelia Mata , presentan multitud de técnicas, fruto de sus 30 años de experiencia con estos niños, para mejorar la inteligencia emocional, resiliencia, empatía o establecer vínculos con los padres. Y todo a través del juego, forma placentera de acceder a ese sistema emocional que ha sido dañado.